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Mi Paris-Burdeos 2008
Hacer la Burdeos-Paris (BP) con Carlos Tembleque ha sido una experiencia magnífica. Para los que no la conocen, esta marcha randonneur consiste en 630 km entre los arrabales de Burdeos y los arrabales de Paris. El desnivel acumulado es 3800 m. Participan unos 1400 cicloturistas, la inmensa mayoría franceses. Hay tres categorías que se corresponden con tres límites de tiempo: 27 horas, 35 horas y 49 horas, que como os podéis imaginar fue la nuestra. No es comparable con la Paris-Brest-Paris (PBP), ya que esta última tiene el doble de kilometraje, el triple de desnivel, y sólo un 50% más de tiempo límite para realizarla. Además, el buen tiempo suele acompañar en la BP (como así fue este año) y el mal tiempo suele acompañar la PBP (como así fue el año pasado). La participación en la PBP es mayor (aproximadamente el triple que en la BP) y los cicloturistas abarcan múltiples nacionalidades. En resumen, la PBP tiene mucha más dificultad y más glamour que la BP. Por el contrario, la BP resulta más amigable, familiar y grata, seguramente por la ausencia de tensión para cumplir los horarios. La gente se la toma con calma, hay más camaradería, más paradas, más charla y más cervezas. En la PBP, por el contrario, todo el mundo va concentrado y bastante callado.
La organización de la BP es buena. En los prolegómenos no hay atascos ni esperas. En la salida hay un desayuno. El recorrido está perfectamente señalizado con marcas en el asfalto que hacen casi imposible perderse. Hay dos avituallamientos durante el camino que están bastante bien. A la llegada hay duchas y una comida. Nuestra organización, por el contrario, fue bastante mala. Creo que éramos los peor organizados de la marcha. Hasta un par de días antes no decidimos en firme ir. Hasta el día anterior no tuvimos hotel en la salida (mejor dicho, a cinco km de la salida). No habíamos reservado ningún alojamiento a lo largo del recorrido ni a la vuelta. Y lo más grave, no teníamos concertada ninguna forma de volver a Burdeos una vez llegados a París. A pesar de la improvisación, como suele ocurrir, las cosas salieron bastante bien.
El día 19, viernes, nos levantamos a las 4 y media de la mañana para tomar la salida a las 6h. Fuimos los últimos en salir, porque nos olvidamos de sellar la tarjeta y pasar la comprobación de luces. Afortunadamente no nos perdimos porque la señalización, como os decía, es excelente. Salimos con la calma debida. Una clave personal en estas marchas es comenzar muy despacio. En las cuestas arriba, paciencia infinita, repetida como un mantra, y en las cuestas abajo ¿para qué dar pedales? Con esta calma recorrimos los primeros 30 km hasta Libourne y tomamos el primer café. Los “taceiros” del bar (que también los hay en Francia) nos miraban con asombro cuando les decíamos a dónde íbamos. A pesar de la calma,los primeros 100 km son muy fáciles y se hacen rápido. Paramos en primer control para sellar y tomar la primera cerveza, que ya eran horas. Seguimos con calma, porque ya hacía calor (el termómetro sobrepasaba los 30ºC). Los siguientes 100 km discurrieron por un recorrido ratonero que la organización había tenido que introducir para evitar los pueblos grandes, pues eran las fiestas de San Juan (fiesta de la música en toda Francia) y muchas calles estaban cortadas. Buena parte de este recorrido fue por carreteras vecinales de mal firme, con un constante sube y baja por pendientes a veces fuertes. A los 150 km paramos a comer en Montbron y allí tuve el único mal momento de la marcha. Algo me sentó mal (¿esa cerveza tan grande y tan fría?) y empecé a encontrarme mareado, con escalofríos, con náuseas y con dolor abdominal. Esperamos un buen rato y con una ligera mejoría empezamos a andar. Otra clave de estas salidas, en mi modesta experiencia, es la convicción de que los momentos malos pasan, por increíble que pueda parecer.Pegaba el sol y no ayudaba. Pasé una hora mala, hasta poco a poco ir mejorando, mientras comprobaba que el dudoso ‘Síndrome del flato atravesado’ existe de verdad. Carlos puede dar fe. A los 200 km ya me encontraba bien, tanto como para atreverme con otra cerveza. Pasamos el segundo control en Isle sur Jourdain(seguro que os suena el nombre, ya que este pueblo está hermanado con Carballo, como reza un letrero en la salida hacia Coristanco). Llamamos a un hotel y nos confirmaron que quedaba una habitación. Ya podíamos dormir. A eso de las 20h llegamos a Lussac-les-Châteaux, punto final por ese día tras 250 km.Era un hotel precioso (Les Orangeries) en una casa solariega. Una duchita y una buena cena francesa en el jardín frente a un bosquecillo. Impresionante. Nos fuimos a la cama con tiempo para ver el final del Croacia-Turquía, y a dormir.
Al día siguiente nos levantamos pronto y a las siete y media ya estábamos en marcha. Habíamos parado casi 12 horas, que no está mal. Esto es la Burdeos-Paris.Fue importante para que ese día nos encontrásemos incluso mejor que el día precedente. Hacía un tiempo espléndido. Fuimos de paseo por la campiña francesa, en medio de unos paisajes preciosos, como el día anterior. A eso de las nueve paramos a desayunar en Saint Savin, quizá el mejor recuerdo puntual de la marcha para mí. En un pueblo precioso, desayunamos copiosamente en una terraza en la plaza, al sol de la mañana, atendidos por gente amable y viendo pasar ciclistas ¿qué más se puede pedir? Seguimos camino del tercer control en Martizay. Antes, un café y charla con los paisanos y algún otro cicloturista en el pueblo medieval de Angle sur Alglin. En el control, parada y avituallamiento.Allí conocimos a unos vascos (vascos y vascas, que diría el lehendakari, quien salía por detrás en la tanda de 35 horas), veteranos de múltiples randonnées. El grupo de siete lo lidera la matriarca, Mari Carmen, con sus 67 años y varias grandes randonnées, PBP incluida, en sus piernas. Con su hija y varios amigos forman una cuadrilla muy agradable. Pedalearíamos con ellos los siguientes 70 kilómetros hasta el siguiente control en Noyers sur Cher. El camino se hizo muy fácil. En la amigable charla nos contaron varios trucos de veteranos, entre ellos, y como ejemplo, la forma de encontrar agua. Muchos pueblos de Francia están semivacíos y no es fácil hallar bares ni tiendas. Sin embargo, hay unos establecimientos que no suelen fallar, pues suelen estar abiertos y siempre tienen un grifo: ¡los cementerios!
Entre Noyers sur Cher y el siguiente control y avituallamiento en Rormorantin fue el peor rato del día, por la canícula que sobrepasaba ampliamente los 30ºC a mediodía y primera hora de la tarde. El cuerpo pedía sal y repetimos sopa. Tras sellar y reposar un rato a la vera de un riachuelo, seguimos camino. Ya llevábamos 420 km. Vamos pegándonos a algunos grupos, colaborando amigablemente, hasta hacer otra paradita en Saint Viâtre para tomar otra cervecita. Seguimos y poco después, cerca de Chaon, ya atardeciendo a eso de las 20h,conocimos un trío de franceses (dos chicos y una chica) que también iban pensando en seguir por la noche. Como cuatro ojos ven más que dos, y de noche cinco lámparas alumbran más que dos, decidimos ir todos juntos. Llegamos a Châteauneuf sur Loire ya anocheciendo. Cruzamos el Loira, que estaba precioso a esa hora. Fue difícil encontrar un lugar para cenar, pues son bien conocidos los estrictos horarios franceses. Finalmente, encontramos un restaurante chino-francés que nos dio de cenar bastante bien. Al lado estaba la charanga de San Juan a full swing. Nuestros colegas franceses se quedaron con los ojos como platos viéndonos trasegar cerveza. “¿No os sienta mal?”, preguntaron. “Bueno, a veces”, les contestamos. Al acabar la cena nos preparamos para la noche: alumbrado, chaquetas, chalecos, perneras, y un poco de respeto porque Carlos nunca había rodado de noche. Llevábamos 500 km y nos quedaban 130 por delante.
La noche en bici se hizo muy agradable. La temperatura era fresquita, pero perfecta para andar. El terreno era fácil, había luna y la carretera estaba pintada, sin problemas de visibilidad. Disfrutamos toda la noche y anduvimos sin parar, juntos los cinco, hasta el último control en Autruy sur Juine. El control estaba en un hostal que a Carlos le recordó el libro La Posada de Jamaica. Detrás de la barra estaba una señora añosa, hosca y de aspecto brujeril. A la posada iban llegando tipos somnolientos en coulotte, con pintas y verborrea a cada cual más rara. Parecía un cómic. Allí empezaron a cogernos los de la tanda de 35 horas, que habían salido por la mañana. Decidimos que el lehendakari no podía cogernos, faltaría más, tomamos un café y seguimos la marcha. Quedaban 75 km, la moral era buena, no había sueño, y las fuerzas acompañaban.
Estábamos al norte y a las cuatro y pico de la mañana ya se notaba el alba. Ver amanecer sobre la bici es muy bonito. Hicimos lo que nos quedaba casi de un tirón, y nos adelantaron sólo unos pocos de los gallos, que iban a toda pastilla e ilegalmente seguidos por una furgoneta. El terreno final es un poco más complicado. Ya cerca de Paris hay varias cuestas cortas pero muy empinadas. Cuando quedaban 30 km vimos que se acercaba una tormenta matutina, y comenzó a llover. Tiene que pasar de todo. Paramos un ratito, pero no evitamos llegar mojados a la meta a las siete y cuarto de la mañana. Había muy poquita gente. Seguramente (y ya nos lo habían comentado los sabios vascos, referido a la PBP) es mejor llegar de día porque hay mucho más ambiente y fiesta. Satisfechos, recogimos el trofeo-recuerdo y el diploma, nos tomamos un chocolatito y echamos la siesta del carnero en las colchonetas que había al efecto. Habíamos hecho los 630 km en 48 horas, de ellas 28 sobre la bicicleta, a una media de 22.5 km/h. Lo habíamos pasado muy bien, y sin ningún percance, que es lo más importante. Carlos, que era el teórico novato, hizo toda la marcha sin inmutarse, absolutamente sobrado.
Sólo nos quedaba lo más difícil: volver a Burdeos. Tras unas preguntillas nos orientamos havia la estación del TGV, que distaba nueve km, otra vez sobre la bici. En estas banlieues pariesiennes es imposible no perderse, por lo que nos lo tomamos con calma. Nos perdimos, como era de esperar, y acabamos en una estación de tren que no era la del TGV. Cogimos un tren de cercanías que nos llevó a Massi-Palaiseau y allí conseguimos, después de algún susto de “no hay billetes”,una plaza para nosotros y para las bicis en el TGV de las 15h. Tiempo para dormitar y para comer en un restaurante musulmán ¡¡que no sería cerveza!! (de cerdo, ya ni hablamos). Dormitando de nuevo en el tren, en poco más de 3 horas nos pusimos en Burdeos, cuando los más rezagados de la marcha aún debían estar llegando a París. A coger otra vez la bici para volver al hotel de partida. Ducha y a darnos un homenaje gastronómico. Nada de pasta y esas sandeces: proteína pura y dos cervezas, una por nosotros, y otra por España, que le acaba de ganar a Italia en los penaltis. Dormimos como unos benditos. Al día siguiente, ya lunes, habrá que volver a casa después de hacer las compras pertinentes.
En resumen, y como empezaba diciendo, una experiencia preciosa, muy recomendable para aquellos que nos iniciamos en este tipo de marchas. Esperemos que se mantenga, pues parece que hay dudas de su viabilidad futura. Si fuera así, la próxima sería en 2010. Entre medias, el año que viene, el mismo club organiza, junto con el de Pueblo Nuevo, la Burdeos-Madrid.Personalmente, no me ha servido para quitarme la espina de la PBP del año pasado, pero tampoco era ese el objetivo. Me lo he pasado muy bien y he aprendido cosas que me pueden servir para la del 2011. Además, o mucho me equivoco, o ya tengo un compañero más.
No quiero finalizar sin agradecer la agradable compañía de Allain, Yannick, Françoise, Mari Carmen, Amaia, Maribel, Miguel, J. Angel, Carlos y José. Esperamos verlos de nuevo en la carretera.